Cruza, aunque el viento sea contrario

Seamos honestos: después de un buen milagro, uno quiere quedarse ahí, servirse otro café y no moverse. Y estábamos tan a gusto. Pero apenas terminó la multiplicación de los panes, Jesús subió a los discípulos a la barca y los mandó a la otra orilla. De noche. Con el viento en contra. Porque el Cielo rara vez nos deja acampar en el milagro de ayer: siempre hay una orilla más grande esperando, y para llegar hay que cruzar.